En Venezuela, y también en diversos ámbitos internacionales, persiste una interrogante que genera desconcierto: ¿cuáles son las razones por las que actores externos, particularmente desde Estados Unidos dirigido por Donald Trump, no han impulsado un cambio político encabezado por figuras de la oposición como María Corina Machado, optando en cambio por mantener canales de interlocución con sectores del oficialismo?
Esta pregunta cobra relevancia en un contexto en el que el chavismo, desde su llegada al poder en 1998, ha transformado profundamente el orden político interno y ha proyectado su influencia más allá de sus fronteras, incidiendo en dinámicas regionales de diversa índole, incluso alterando resultados electorales, infiltrando elementos criminales, estableciendo redes de narcotráfico, financiando movimientos subversivos y blindando diplomáticamente al terrorismo internacional. Sin embargo, más allá de las consideraciones geopolíticas, el debate también remite a las señales y decisiones emanadas desde la propia dirigencia opositora.
El 10 de abril, el partido Vente Venezuela liderado por María Corina Machado difundió un comunicado a través de su cuenta oficial en la red social X y sus cuentas asociadas regionales, en el que se hacía referencia a una “ausencia absoluta en la presidencia de la República” y se planteaba la necesidad de restituir el orden constitucional mediante la convocatoria de un nuevo proceso electoral. Al tratarse de un pronunciamiento institucional, el documento refleja la posición política de su liderazgo.

Este planteamiento ha dado lugar a interpretaciones encontradas. Desde una lectura estrictamente jurídica y política, algunos observadores consideran que la noción de “ausencia absoluta” introduce tensiones con la narrativa sostenida previamente por sectores opositores, que han calificado al actual régimen como resultado de un proceso electoral ilegítimo: no se puede declarar ausencia absoluta de alguien a quien se le ha atribuido la usurpación de la presidencia de la República. Asimismo, se señala la dificultad de cuestionar la legitimidad de las instituciones y, simultáneamente, recurrir a ellas como instancia de resolución, exigiendoles cumplimiento de funciones.
A ello se suma el contraste con el posicionamiento sostenido durante los últimos años en torno a la figura de Edmundo González Urrutia, cuya proclamación como presidente electo fue defendida en distintos espacios nacionales e internacionales. El aparente desplazamiento de ese eje discursivo, sin una explicación suficientemente articulada, ha generado incertidumbre entre sectores de la opinión pública, particularmente entre quienes respaldaron esa estrategia, en especial entre quienes resultaron victimas de la represión del aparato militar, policial y parapolicial chavista y del que aun hay cientos de rehenes en manos del Estado criminal.
Para todo esto no existen segundas interpretaciones. Los hechos son tal como se han presentado.
Más allá de la veracidad o no de las distintas interpretaciones, el punto central radica en la percepción de consistencia y coherencia dentro de la dirigencia opositora. En contextos políticos complejos, la claridad estratégica y la solidez comunicacional resultan elementos esenciales para construir confianza, tanto a nivel interno como externo.
La reiteración de mensajes percibidos como contradictorios ha contribuido a alimentar dudas sobre la capacidad de articular y sostener un eventual proceso de transición en manos de los actores de la oposición venezolana. Es tal como si los sucesos del 3 de enero jamás hubiesen ocurrido, y que no hubo un antes y un después para toda Venezuela en lo político, geopolítico y estratégico después de esa fecha. Estas percepciones se ven reforzadas por antecedentes en los que cambios de postura o ajustes discursivos no han sido acompañados de explicaciones suficientemente claras para la ciudadanía, no una sino decenas de veces de parte de la misma estructura partidista que pretende ser gobierno en Venezuela.
En este sentido, el desafío para una real oposición venezolana no se limita a la formulación de propuestas, sino que abarca también la construcción de credibilidad y previsibilidad política. En escenarios de alta incertidumbre, los liderazgos que logran consolidarse suelen ser aquellos capaces de sostener líneas de acción consistentes en el tiempo y de comunicar con precisión sus objetivos y estrategias.
Por otro lado, el panorama internacional introduce variables adicionales. Las decisiones que emanan desde los Estados Unidos responden a intereses estratégicos propios, que no necesariamente coinciden con las expectativas de los distintos sectores políticos venezolanos. La disposición a mantener interlocución con figuras del oficialismo puede interpretarse, en este marco, como parte de una lógica pragmática orientada a la gestión de equilibrios más amplios. Tal como lo estableció el británico Lord Palmeston en el Siglo XIX, resumiendo el realismo en las relaciones internacionales: “Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes”.

En paralelo, el chavismo, aun enfrentando limitaciones y cuestionamientos, sigue manteniendo el control efectivo de las estructuras de poder dentro del país. Esta realidad condiciona las posibilidades de acción de cualquier alternativa política y explica, en parte, la cautela de los Estados Unidos al momento de definir sus posiciones.
A la fecha, el panorama político venezolano continúa marcado por la ausencia de consensos claros y por la fragmentación de liderazgos. Mientras tanto, amplios sectores de la población permanecen a la espera de definiciones que ofrezcan una ruta viable hacia la estabilidad institucional.
A lo largo de los años varias voces se han elevado en clara contraposición a las distintas propuestas que ha hecho María Corina Machado, pero no bajo el supuesto de reacciones emocionales sino por la prueba tangible y medible de su incoherencia politica a lo largo de más de 15 años, quizas mas. Hoy es capaz de decir una cosa, mañana se desdice, después vuelve a la primera para luego señalar que todo lo dicho anteriormente no se concretó porque nadie la supo interpretar bien.
Y cuando no lo hace directamente, lo hace a través de todo un aparato comunicacional al servicio de su proyecto político, algunos de los cuales han promovido hasta la idea de perseguir con el sistema judicial “una vez lo tengan bajo su control” a quienes les adversan sin importar si son chavistas o no. Hasta el momento, no existe un pronunciamiento de Maria Corina Machado rechazando tales declaraciones y exigiendo firmemente a sus seguidores retractarse.
Venezuela necesita de estadistas que sepan dirigir el destino de la República y no de demagogos que confundan gobernanza con una permanente fiesta electoral. Mucho menos necesita de improvisadores compulsivos para quienes el destino de la Nación resulta ser poco mas que un juego en el que nunca ninguno se hace responsable de las consecuencias de sus decisiones y actos.

En última instancia, más allá de las disputas entre élites políticas, el impacto de estas dinámicas recae de manera directa sobre la ciudadanía. La necesidad de liderazgos capaces de articular propuestas coherentes, sostenibles y orientadas al interés público sigue siendo una de las principales demandas en un país que enfrenta desafíos estructurales de gran magnitud.
Donald Trump eventualmente dejará el poder y no sabemos lo que pueda venir después dentro de Estados Unidos, pero lo que sí sabemos es que en Venezuela hasta el dia de hoy en este segundo trimestre del año 2026 no existe ningún liderazgo opositor que asuma la responsabilidad de tomar el control del pais. Lo único que tienen para ofrecer es lo mismo desde el año 2000: Elecciones improvisadas, y “después veremos que pasa”. Y el chavismo tampoco tiene nada nuevo que ofrecer, pero son quienes hoy detentan el Poder, asi sea “tutelado”.
Ésa es una de las tantas razones por la que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afirma pública y abiertamente que Delcy Eloína Rodríguez “esta haciendo bien su trabajo” y que ambos se entienden “de lo mejor”, mientras que a la ganadora del premio Nobel ni siquiera la menciona por su nombre, siendo ambas situaciones la mayor desgracia de todos los venezolanos de a pie, sean chavistas, maricorinistas o no alineados, porque después del potpourrí de desaciertos es la población quien siempre termina pagando los errores de toda la dirigencia política venezolana, sea roja o azul.

