La pregunta que nadie quiere hacer: ¿qué ocurrió con la fuerza interna que supuestamente iba a producir la transición?
Hay documentos políticos que envejecen. Otros adquieren valor con el tiempo porque permiten comparar lo que un dirigente pensaba que iba a ocurrir con lo que finalmente ocurrió.
La carta que María Corina Machado dirigió en diciembre de 2018 a Mauricio Macri y Benjamin Netanyahu pertenece a esa segunda categoría.
Conviene guardarla, para quien no lo haya hecho hasta ahora.
No porque una carta de ocho años atrás pueda explicar por sí sola la tragedia venezolana, sino porque permite observar una evolución política que hoy resulta imposible ignorar: la distancia entre la estrategia de falsa opositora anunciada, la correlación de fuerzas que realmente existía dentro de Venezuela y la manera en que Washington terminó administrando el escenario posterior a Nicolás Maduro.
En aquella carta, Machado describía al régimen venezolano como una amenaza vinculada al narcotráfico y al terrorismo y solicitaba a Argentina e Israel utilizar su experiencia e influencia para impulsar decisiones internacionales contra Caracas. El documento no era una petición abstracta de solidaridad: hablaba explícitamente de la necesidad de una presión internacional que contribuyera a producir un cambio político.
Ocho años después, la historia produjo una ironía difícil de ignorar.
El 3 de enero de 2026, Estados Unidos ejecutó una operación militar en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos federales. El Congressional Research Service describió la operación como una acción militar estadounidense que culminó con la captura de Maduro y Cilia Flores.
Es decir: la historia que durante años había sido discutida en términos de presión internacional, negociación, elecciones, sanciones, movilización interna y transición terminó incluyendo aquello que buena parte del discurso político venezolano había tratado como una posibilidad extrema: la intervención militar directa de Estados Unidos.
Pero aquí comienza la verdadera discusión.

La contradicción no está solamente en la intervención
En febrero de 2025, durante una entrevista con Donald Trump Jr., María Corina Machado sostuvo que los venezolanos no necesitaban tropas estadounidenses en territorio venezolano. “No necesitamos botas en el suelo”, dijo, y añadió que tampoco necesitaban soldados estadounidenses.
La frase puede defenderse políticamente. Una dirigente venezolana puede perfectamente sostener que la liberación de Venezuela debe ser protagonizada por los venezolanos y no por una fuerza militar extranjera.
El problema aparece cuando esa afirmación se coloca frente a la realidad que posteriormente se produjo.
Porque Estados Unidos terminó haciendo precisamente aquello que Machado había considerado innecesario.
La cuestión, sin embargo, no debería reducirse a la caricatura de “Machado se equivocó y Trump tenía razón”. Eso sería demasiado fácil.
La pregunta importante es otra:
¿Sobre qué correlación de fuerzas internas se construyó la estrategia opositora?
Ahí está el verdadero problema.
La política venezolana confundió deseo con poder
Durante años, buena parte de la oposición venezolana habló de una eventual transición como si el elemento decisivo fuese conseguir que suficientes militares reconocieran a la oposición, desconocieran al régimen y facilitaran una salida.
Pero una cosa es afirmar que existen militares descontentos con un régimen.
Otra, completamente distinta, es poseer una estructura militar capaz de producir un cambio de régimen.
La diferencia es fundamental.
Una transición política no ocurre porque existan funcionarios descontentos, oficiales descontentos o ciudadanos descontentos. Ocurre cuando esos descontentos se convierten en capacidad organizada para modificar la relación efectiva de poder.
Y esa capacidad nunca apareció de la manera que muchos anunciaron.
Por eso, después de la caída de Maduro, la pregunta más incómoda no debería ser quién ganó una elección, quién recibió más apoyo internacional o quién pronunció el discurso más contundente.
La pregunta debería ser:
¿Dónde estaba la fuerza interna capaz de hacerse cargo del Estado?
Porque Maduro cayó.
Pero el Estado no cayó con él.
Y esa distinción explica buena parte de lo que Venezuela está viviendo ahora.
Maduro desapareció. El aparato permaneció.
La captura de Maduro no produjo automáticamente la desaparición del chavismo.
Tampoco destruyó las redes administrativas, económicas, militares y políticas construidas durante décadas.
Eso es precisamente lo que diferencia un cambio de gobernante de un cambio de régimen.
Y aquí aparece una regla elemental de la geopolítica: el poder no se define solamente por quién tiene legitimidad; también se define por quién puede administrar efectivamente las estructuras existentes.
Hoy Estados Unidos negocia con el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez y con sectores opositores distintos de María Corina Machado. Las conversaciones impulsadas por Washington comenzaron en agosto de 2026 y Machado quedó fuera de esa mesa.
Eso no significa que Machado haya dejado de tener legitimidad social.
Tampoco significa que la oposición representada en esas negociaciones tenga mayor legitimidad popular.
Significa algo más incómodo:
Washington está negociando con quienes considera capaces de participar en la administración concreta de la transición.
Y esa es una diferencia enorme.
La dialéctica de imperios
Para comprenderlo hay que abandonar la visión sentimental de la política internacional.
Los Estados no funcionan como individuos.
No aman.
No odian.
No tienen lealtades personales.
Tienen intereses.
Estados Unidos no necesita necesariamente al opositor venezolano que más denuncie a Maduro. Necesita una arquitectura política que le permita alcanzar sus objetivos estratégicos: estabilidad regional, seguridad, energía, control de los flujos económicos y migratorios, reducción de la influencia de adversarios y una transición que no produzca un vacío de poder.
Eso es la dialéctica de imperios.
Y cuando Washington interviene directamente en un país, la pregunta posterior deja de ser simplemente “¿quién tiene razón?” para convertirse en otra mucho más cruda:
¿Quién puede garantizar que el poder no quede nuevamente en manos de un adversario?
Desde esa perspectiva, la transición venezolana deja de ser exclusivamente un problema de democracia venezolana.
Se convierte también en un problema de arquitectura geopolítica.
Y entonces aparece Israel

La reciente reapertura de canales entre Venezuela e Israel constituye otro elemento revelador.
En agosto de 2026, Venezuela e Israel acordaron establecer un mecanismo para prestar servicios consulares después de 17 años de ruptura diplomática. Reuters describió el movimiento como parte de un giro de la política exterior venezolana hacia Washington después de la captura de Maduro.
Esto debería bastar para desmontar una lectura infantil de la política internacional basada en fotografías.
Un dirigente venezolano puede aparecer con una kufiya.
Otro puede aparecer junto a judíos.
Otro puede visitar una mezquita.
Otro puede reunirse con funcionarios estadounidenses.
Ninguna de esas imágenes explica por sí sola la política exterior de un Estado.
Las alianzas se modifican cuando cambian los intereses.
Por eso resulta intelectualmente pobre explicar la nueva relación Venezuela-Israel exclusivamente a partir de la conducta personal de Nicolás Maduro, de su hijo o de cualquier dirigente.
La geopolítica no funciona como Instagram o X.
Funciona como una ecuación de poder.
Y aquí conviene establecer una distinción indispensable: sionismo no es judaísmo.
Criticar la política de un Estado, analizar sus alianzas o estudiar la influencia de Israel en Washington no autoriza a convertir una discusión geopolítica en una acusación contra los judíos como pueblo o contra el judaísmo como religión.
Una cosa es analizar Estados.
Otra es estigmatizar pueblos.
La primera es política.
La segunda es prejuicio.
La paradoja de María Corina Machado
Por eso la cuestión sobre Machado es mucho más seria que preguntarse si Estados Unidos “la traicionó”.
Quizá la pregunta correcta sea: ¿qué ocurrió con la correlación de fuerzas que se suponía que haría posible su llegada al poder?
Machado consiguió algo extraordinariamente difícil: convertirse en la figura opositora venezolana con mayor reconocimiento internacional y en un símbolo de resistencia frente al chavismo.
Pero la legitimidad política y la capacidad efectiva de gobernar son categorías diferentes.
La primera puede construirse mediante elecciones, movilización ciudadana y reconocimiento internacional.
La segunda exige instituciones, fuerzas organizadas, burocracia, territorio, seguridad y capacidad de ejercer autoridad.
Cuando esas dos dimensiones no coinciden, aparece una fractura peligrosa.
Y esa fractura puede explicar por qué una dirigente puede tener enorme legitimidad popular y, sin embargo, encontrarse fuera de la mesa donde se negocia el futuro inmediato del Estado.
No necesariamente porque haya dejado de importar.
Sino porque la política internacional también pregunta quién puede ejecutar lo que se acuerde.
El error más caro de la oposición

La falsa oposición venezolana debería estudiar esta experiencia con mucha más seriedad.
Porque si algo ha demostrado el año 2026 es que no basta con tener razón sobre la ilegitimidad de un régimen.
Hay que tener capacidad para reemplazarlo.
No basta con denunciar una narcotiranía.
Hay que saber qué estructura estatal la sustituirá al día siguiente.
No basta con convocar a millones.
Hay que transformar esa movilización en poder institucional.
No basta con recibir reconocimiento internacional, para capitular después.
Hay que comprender qué intereses tienen quienes conceden ese reconocimiento.
Y, sobre todo, no basta con imaginar que una potencia extranjera vendrá a entregar el poder a un determinado dirigente.
Las grandes potencias no hacen revoluciones por encargo.
Las administran cuando las circunstancias las obligan a hacerlo.
La lección que deja la carta de 2018
Por eso aquella carta de Machado a Macri y Netanyahu merece conservarse.
No como un arma propagandística contra Machado.
Sino como un documento histórico.
En 2018, ella comprendía que Venezuela necesitaba presión internacional para romper el equilibrio impuesto por Maduro.
En 2025 sostenía que no eran necesarios soldados estadounidenses.
En enero de 2026, Estados Unidos entró militarmente en Venezuela y capturó a Maduro.
Y en agosto de 2026, Washington dirige un proceso de negociación en el que Machado no participa directamente, mientras el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez negocia con sectores de la oposición.
No hace falta convertir esa secuencia en una acusación personal.
Basta con reconocer la lección política.
La historia no premia las estrategias por la fuerza de sus discursos. Las juzga por sus resultados.
Y Venezuela acaba de recibir una de las demostraciones más brutales de esa regla.
Maduro salió.
El chavismo no desapareció.
Estados Unidos intervino.
Washington no entregó automáticamente el poder a quien durante años había encabezado la oposición.
Israel volvió a abrir canales con Caracas.
Y quienes parecían indispensables en una determinada etapa pueden descubrir, al cambiar la correlación de fuerzas, que ya no son indispensables.
Eso es la política.
Eso es la geopolítica.
Eso es la dialéctica de Estados.
Y eso es, precisamente, la dialéctica de imperios.
La pregunta que queda
Quizá por eso la pregunta más importante ya no sea: ¿Por qué Estados Unidos dejó de apoyar a María Corina Machado?
La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿Qué pasó con aquella fuerza interna que supuestamente iba a producir la transición?
Porque si esa fuerza nunca existió en la magnitud anunciada, entonces el problema no fue solamente de Washington.
Fue también de quienes construyeron una estrategia sobre una correlación de fuerzas que la realidad terminó desmintiendo.
Y esa es una lección que debería preocupar a cualquiera que aspire a gobernar Venezuela.
Porque mañana puede cambiar el presidente.
Puede cambiar la bandera.
Puede cambiar el discurso.
Puede cambiar el aliado internacional.
Pero si no cambia la estructura efectiva del poder, el régimen puede sobrevivir incluso después de que desaparezca su rostro más visible.
La geopolítica, finalmente, no pregunta quién merece gobernar.
Pregunta quién puede hacerlo.
Y cuando una nación depende de las decisiones de grandes potencias para resolver su propia crisis de poder, la pregunta deja de ser solamente quién será presidente.
Se convierte en algo mucho más incómodo: ¿Cuánto de la soberanía estamos dispuestos a entregar para obtener el poder?
O, dicho de la manera más brutal: ¿A quién hay que venderle el alma para llegar o mantenerse en el poder?

