La Gran Misión Vivienda Venezuela 2026: cuando las matemáticas incomodan

La Gran Misión Vivienda Venezuela 2026: cuando las matemáticas incomodan

Durante años, la Gran Misión Vivienda Venezuela fue presentada como uno de los mayores logros sociales de la llamada Revolución Bolivariana. Pero detrás de los millones de viviendas anunciadas, de los miles de millones de dólares reportados como inversión y de las promesas de seguridad habitacional, persisten preguntas sobre costos, transparencia, verificación y calidad. Este análisis no pretende dictar una sentencia. Propone algo más sencillo: revisar las cifras y preguntar si las cuentas realmente cuadran.

Análisis Criítico, de la serie Los Números del Poder — Expediente Nº 001

Una tragedia que obliga a mirar hacia atrás

El 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5. El impacto alcanzó buena parte del centro-norte del país y produjo daños importantes en viviendas, edificios e infraestructura. La Guaira fue una de las zonas más afectadas. Los reportes posteriores registraron cientos de edificaciones dañadas y, con el paso de las semanas, un número creciente de víctimas y personas que perdieron sus viviendas.

Entre las estructuras afectadas estuvieron algunas pertenecientes a la Gran Misión Vivienda Venezuela, el gigantesco programa habitacional creado en 2011 por el gobierno de Hugo Chávez.

El terremoto introdujo una pregunta que trasciende la emergencia inmediata: ¿qué tan seguras eran las edificaciones construidas durante los quince años anteriores y bajo qué estándares fueron levantadas?

La pregunta es particularmente relevante porque la GMVV fue presentada desde sus comienzos no solamente como una política para resolver el déficit habitacional venezolano, sino como una respuesta integral destinada a proporcionar viviendas dignas y seguras a millones de familias.

El terremoto, por supuesto, no distingue entre pobres y ricos, entre oficialistas y opositores. Tampoco puede atribuirse automáticamente a una falla constructiva el colapso de una determinada edificación. Las causas de cada daño deben establecerse mediante evaluaciones técnicas y peritajes estructurales.

Pero existe una relación que sí puede analizarse desde la política pública: la calidad de las construcciones depende de decisiones humanas, de normas, supervisión, materiales, contrataciones y, finalmente, de la administración de los recursos destinados a construirlas.

Por eso resulta pertinente volver al principio.

La promesa de la Gran Misión Vivienda

La Gran Misión Vivienda Venezuela fue creada en 2011 bajo la presidencia de Hugo Chávez como uno de los programas sociales de mayor envergadura emprendidos por el Estado venezolano.

Su objetivo declarado era atender el déficit habitacional y dar prioridad a familias en situación de pobreza, personas afectadas por desastres naturales y ciudadanos sin acceso adecuado a una vivienda.

La promesa era extraordinaria: construir dos millones de viviendas entre 2011 y 2019.

El proyecto fue presentado como una respuesta definitiva a un problema que Venezuela arrastraba desde hacía décadas.

En ese sentido, la necesidad que pretendía atender era real.

El problema habitacional venezolano no nació con la GMVV. El país tenía un déficit considerable de viviendas nuevas y, simultáneamente, millones de personas habitaban en viviendas que presentaban deficiencias de infraestructura y servicios.

Por eso, discutir la existencia de la necesidad no tiene mucho sentido.

La discusión verdaderamente importante es otra:

¿Cuánto costó resolverla?

¿Cuántas viviendas fueron realmente construidas?

¿Dónde están?

¿Quién las construyó?

¿Quién recibió los contratos?

¿Qué materiales se utilizaron?

Y, sobre todo:

¿Qué relación existe entre el dinero invertido y el resultado obtenido?

Las primeras señales de alerta

Las dudas sobre la GMVV tampoco comenzaron con el terremoto de 2026.

Desde los primeros años del programa aparecieron cuestionamientos relacionados con la transparencia, la contratación, la asignación de viviendas, la disponibilidad de información y la posibilidad de verificar las cifras oficiales.

PROVEA publicó informes específicos sobre la ejecución de la GMVV desde sus primeros años y posteriormente documentó problemas relacionados con la falta de información desagregada, la ubicación de urbanismos, contratistas y beneficiarios.

Transparencia Venezuela también ha señalado dificultades para verificar información sobre contratos, licitaciones, beneficiarios, terrenos y costos del programa.

Esto es importante porque una política pública de semejante magnitud no puede evaluarse únicamente mediante anuncios presidenciales.

Una política que utiliza decenas de miles de millones de dólares del erario requiere mecanismos de auditoría.

No basta con decir cuántas viviendas fueron entregadas.

Hay que poder identificar dónde están, cuánto costaron, quién las construyó, qué empresa suministró los materiales, cuánto se pagó por esos materiales, quién recibió la vivienda y bajo qué condiciones fue adjudicada.

En otras palabras, el número final necesita un respaldo documental.

Y precisamente allí comenzaron algunas de las mayores controversias de la GMVV.

El problema de verificar un millón de viviendas

El 30 de diciembre de 2015, Nicolás Maduro anunció la entrega de la vivienda número un millón de la Gran Misión Vivienda Venezuela, apenas 56 meses después de iniciado el programa. El gobierno presentó aquel momento como la culminación de una de sus principales promesas sociales.

Pero el anuncio no puso fin a las dudas.

Las cifras de construcción de 2015 fueron cuestionadas por PROVEA debido a inconsistencias entre diferentes registros oficiales.

Según la Memoria y Cuenta del entonces Ministerio de Vivienda, durante 2015 se habrían culminado 326.323 viviendas, cifra que habría permitido superar el millón acumulado desde el inicio de la misión.

Sin embargo, PROVEA observó que el propio ministro Manuel Quevedo había informado en octubre de 2015 que hasta ese momento se habían construido 753.163 viviendas desde 2011. Si se restaban las 673.693 que el propio organismo atribuía al período 2011-2014, quedaban 79.470 viviendas construidas durante los primeros diez meses de 2015.

Para alcanzar las 326.323 viviendas reportadas al cierre del año, habría sido necesario construir 246.853 unidades durante los últimos meses. PROVEA calculó que eso suponía un ritmo extraordinario de construcción que merecía ser explicado.

El problema no era solamente matemático.

También era documental.

Un informe presentado por organizaciones de derechos humanos señaló que las cifras oficiales no estaban acompañadas de información suficientemente desagregada que permitiera verificar de manera independiente la totalidad de las viviendas anunciadas.

Y aquí aparece una cuestión fundamental:

Una cifra oficial no deja de ser oficial porque sea cuestionada. Pero tampoco se convierte en verificable simplemente porque haya sido anunciada por un funcionario.

La diferencia entre ambas cosas es precisamente la auditoría.

El contexto que muchas veces se olvida: acero, aluminio y cemento

Para comprender la magnitud del desafío hay que detenerse en otro capítulo de la historia venezolana.

A partir de 2007, el gobierno de Hugo Chávez emprendió una política de nacionalizaciones y expropiaciones que afectó sectores estratégicos de la economía.

Entre ellos estuvieron industrias vinculadas directamente con los materiales necesarios para construir viviendas.

Aluminio.

Cemento.

Acero.

La nacionalización de CEMEX Venezuela en 2008 fue presentada por el gobierno como parte de una política destinada a garantizar la soberanía sobre un sector estratégico y fortalecer la construcción de infraestructura y viviendas.

Posteriormente, el Estado tomó control de otras empresas cementeras.

En el sector siderúrgico ocurrió algo similar con empresas como Sidor y Sidetur.

La lógica oficial era que el Estado debía controlar sectores estratégicos para garantizar el interés nacional.

Pero el resultado productivo de esas nacionalizaciones es otro asunto.

La capacidad de producir no depende solamente de quién sea el propietario de una empresa. Depende de inversión, mantenimiento, electricidad, repuestos, tecnología, gerencia, disponibilidad de materias primas y condiciones laborales.

Por eso aparece una contradicción que merece ser examinada:

¿Cómo podía un Estado comprometerse a construir millones de viviendas mientras su aparato industrial sufría una pérdida significativa de capacidad productiva en sectores esenciales para la construcción?

La pregunta no implica afirmar que una cosa causó automáticamente la otra.

Pero sí obliga a estudiar la relación entre ambas.

Los 73.000 millones de dólares

Llegamos ahora al punto central de este expediente.

En 2015, el gobierno venezolano anunció haber invertido aproximadamente 73.000 millones de dólares en la construcción de viviendas.

La propia Radio Nacional de Venezuela publicó posteriormente esa cifra, asociándola a una inversión de 461.800 millones de bolívares y 73.000 millones de dólares.

En mayo de 2016, el ministro Manuel Quevedo volvió a referirse a una inversión acumulada de 73.000 millones de dólares y la vinculó a 1.022.829 viviendas, cifra que implicaba un costo promedio aproximado de 71.370 dólares por unidad.

La cifra merece una pausa.

No porque 73.000 millones de dólares sean necesariamente un costo excesivo por definición.

Una urbanización no consiste únicamente en cuatro paredes.

Hay terrenos.

Vialidad.

Aguas.

Electricidad.

Saneamiento.

Áreas comunes.

Equipamiento urbano.

Mano de obra.

Transporte.

Ingeniería.

Inspecciones.

Administración.

Y otros costos que pueden acompañar un desarrollo habitacional.

Por eso sería incorrecto comparar mecánicamente el precio de una vivienda prefabricada internacional con el costo total de una urbanización financiada por el Estado.

Pero podemos hacer un ejercicio.

No una auditoría.

No una acusación.

Simplemente un ejercicio.

Hagamos las cuentas

Supongamos, por un momento, que aceptamos como verdaderas las cifras oficiales.

Inversión acumulada:

73.000 millones de dólares.

Viviendas reportadas:

1.000.000.

La división es sencilla:

73.000.000.000 ÷ 1.000.000 = 73.000

El resultado sería un costo promedio de aproximadamente:

73.000 dólares por vivienda.

Hasta aquí no existe ninguna acusación.

Es simplemente la división entre dos cifras atribuidas al propio gobierno.

Ahora introduzcamos otra variable.

El mercado internacional de viviendas prefabricadas ofrecía, dependiendo del proveedor, modelo, volumen, características y condiciones de entrega, unidades de costos muy inferiores a esa cifra.

En el ejercicio realizado para este análisis se utilizó como referencia un valor de aproximadamente 7.000 dólares por vivienda, al que se le añadió un margen considerable para infraestructura, transporte, urbanismo, servicios y otros costos.

No estamos diciendo que una vivienda venezolana pudiera comprarse exactamente por 7.000 dólares.

Estamos haciendo algo diferente.

Estamos preguntando qué ocurre si utilizamos 10.000 dólares como costo de referencia, una cifra deliberadamente superior al costo unitario estimado en el ejercicio.

Con ese supuesto:

1.000.000 × 10.000 = 10.000 millones de dólares.

Si se toma como referencia una inversión oficial de 73.000 millones:

73.000 millones – 10.000 millones = 63.000 millones.

El resultado es todavía una diferencia de decenas de miles de millones.

El ejercicio original del programa utilizó 7.000 dólares como referencia y obtuvo una diferencia de 66.000 millones.

La diferencia entre ambos escenarios no cambia el punto esencial del ejercicio: la enorme sensibilidad del resultado frente al costo unitario utilizado.

Y precisamente por eso este cálculo debe ser tratado como una herramienta para formular preguntas, no como una prueba definitiva de que un monto determinado fue desviado.

¿Dónde está la diferencia?

Aquí conviene detenerse.

Porque la pregunta correcta no es:

“¿Esto demuestra corrupción?”

La respuesta es:

No.

Un cálculo de costo promedio no demuestra por sí solo que exista corrupción.

Puede haber costos que no estén incluidos en el precio internacional de una vivienda prefabricada.

Puede haber infraestructura.

Puede haber terrenos.

Puede haber financiamiento.

Puede haber transporte.

Puede haber urbanismo.

Puede haber diferencias entre viviendas unifamiliares y edificios.

Puede haber costos administrativos.

Puede haber importaciones.

Puede haber subsidios.

Puede haber otros componentes del programa que no estén reflejados en una simple comparación entre “precio de vivienda” y “precio de mercado”.

Por eso, la pregunta verdaderamente importante es otra:

¿Puede el Estado venezolano explicar documentalmente qué componentes justifican la diferencia?

Ese es el punto.

No hace falta acusar.

Hace falta auditar.

El contraste de 2016

En diciembre de 2015, Maduro anunció además la construcción de otras 500.000 viviendas para 2016 y señaló un presupuesto aproximado de 4.300 millones de dólares.

Si dividimos:

4.300 millones ÷ 500.000 = 8.600 dólares por vivienda.

El propio presupuesto anunciado implicaba, por tanto, un costo promedio muy inferior al que resultaba de dividir los 73.000 millones entre el millón de viviendas reportadas.

En el ejercicio del programa se utilizó deliberadamente una cifra superior —10.000 dólares por unidad— para evitar construir el argumento sobre una estimación demasiado baja.

Pero hay un dato adicional.

Según el propio registro utilizado en el análisis, en 2016 se habrían construido 359.000 viviendas, no las 500.000 originalmente anunciadas.

La diferencia entre la meta y el resultado es relevante porque permite observar nuevamente la distancia entre promesa, presupuesto y ejecución.

Una multiplicación que cambia la perspectiva

Supongamos ahora, solamente para efectos del ejercicio, que una vivienda beneficia a una familia promedio de cuatro personas.

El millón de viviendas anunciado para 2015 habría beneficiado, bajo ese supuesto:

1.000.000 × 4 = 4.000.000 de personas.

Ahora tomemos los 66.000 millones de dólares de diferencia del cálculo original.

Si cada vivienda costara 10.000 dólares:

66.000.000.000 ÷ 10.000 = 6.600.000 viviendas.

Y si cada vivienda beneficiara a cuatro personas:

6.600.000 × 4 = 26.400.000 personas.

Sumemos las cuatro millones de personas correspondientes al millón de viviendas inicial:

26,4 millones + 4 millones = 30,4 millones de personas.

El resultado se aproxima a la población venezolana estimada para 2015.

Este cálculo es llamativo.

Pero precisamente por ser llamativo debemos ser rigurosos.

No significa que Venezuela pudiera haber construido literalmente una vivienda para cada ciudadano con ese dinero.

Una familia no equivale automáticamente a una vivienda.

No toda la inversión de una política habitacional corresponde al costo de la estructura física.

El costo real de un programa nacional incluye componentes que no aparecen en este ejercicio.

Y, además, la referencia de 10.000 dólares es una hipótesis de trabajo, no una cifra auditada.

Lo que el ejercicio sí demuestra es otra cosa:

Las conclusiones cambian radicalmente dependiendo de cuál sea el costo real de cada vivienda y de qué elementos estén incluidos en la inversión oficial.

Y eso nos devuelve al problema inicial:

¿Dónde está la información detallada que permita comprobarlo?

La ausencia de información también es un dato

Una de las principales dificultades para evaluar la GMVV ha sido precisamente la falta de información suficientemente desagregada.

PROVEA señaló que las memorias de gestión presentaban fallas metodológicas y dificultades para verificar dónde se encontraban las viviendas reportadas, cómo se distribuían y cuál era el detalle de su ejecución.

Transparencia Venezuela también ha documentado problemas de opacidad relacionados con beneficiarios, contratos, licitaciones, terrenos y precios.

Esto conduce a una regla elemental de cualquier administración pública:

Si no existe información verificable, tampoco existe una verdadera rendición de cuentas.

No significa necesariamente que el dinero haya sido robado.

Significa que el ciudadano no dispone de los elementos necesarios para saberlo.

Y esa diferencia es fundamental.

¿Y qué ocurre quince años después?

El gobierno venezolano continúa reportando millones de viviendas construidas y entregadas.

En enero de 2026, PROVEA señaló que la GMVV reportaba 5.258.000 viviendas desde 2011 y calificó esa cifra como difícil de auditar. El mismo informe estimó que Venezuela mantenía un déficit habitacional considerable y cuestionó la diferencia entre las cifras oficiales y la información verificable disponible.

La cifra oficial resulta extraordinaria.

Si una vivienda beneficia, hipotéticamente, a cuatro personas:

5.258.000 × 4 = 21.032.000 personas.

Más de 21 millones de ciudadanos.

Es una magnitud que obliga a hacerse preguntas.

No porque el cálculo demuestre que la cifra oficial sea falsa.

Sino porque, si fuera correcta, debería poder observarse una transformación social y territorial de una escala gigantesca.

Podria implicar que hoy toda familia contaria con una vivienda urbanizada incluso en las zonas rurales y en los apartados indígenas dentro del territorio nacional.

¿Dónde están esas viviendas?

¿Cuántas familias las ocupan?

¿Cuántas poseen títulos de propiedad?

¿Cuántas necesitan rehabilitación?

¿Cuántas permanecen vacías?

¿Cuántas están realmente conectadas a servicios públicos?

¿Cuántas presentan problemas estructurales?

¿Cuántas fueron construidas directamente por el Estado y cuántas mediante contratistas?

Y una pregunta particularmente importante:

¿Cuál es el costo total acumulado de esas más de cinco millones de viviendas?

El propio PROVEA ha señalado que la cifra de 5,258 millones de viviendas anunciada por el gobierno permanece sin una posibilidad suficiente de auditoría independiente.

El terremoto vuelve a poner el problema sobre la mesa

La tragedia de junio de 2026 devuelve estas preguntas al presente.

Algunas de las edificaciones destruidas pertenecían a la Gran Misión Vivienda Venezuela. Incluso después del terremoto, el gobierno entregó viviendas del programa a familias damnificadas y anunció nuevas construcciones para los afectados.

Esto demuestra que la GMVV continúa siendo un instrumento central de la política habitacional venezolana.

Pero también plantea una paradoja.

Si después de quince años el Estado ha construido y entregado más de cinco millones de viviendas, ¿por qué una tragedia natural puede volver a colocar en el centro del debate nacional la seguridad estructural y la capacidad de respuesta habitacional?

La respuesta no puede ser simplemente política.

Tampoco puede establecerse que todas las edificaciones de la GMVV sean inseguras porque algunas hayan colapsado.

Eso sería una generalización que los datos disponibles no permiten hacer.

Lo que sí resulta legítimo es exigir una evaluación independiente de las estructuras afectadas.

¿Qué materiales fueron utilizados?

¿Qué normas sísmicas fueron aplicadas?

¿Qué empresa diseñó cada proyecto?

¿Quién supervisó las obras?

¿Qué inspecciones fueron realizadas?

¿Existían estudios de suelo?

¿Qué modificaciones fueron introducidas durante la construcción?

¿Quién certificó la seguridad de las edificaciones?

Y, finalmente:

¿Cuánto se pagó realmente por cada una?

El dinero público no pertenece al gobierno

Quizá esta sea la conclusión más importante de todo el análisis.

El dinero utilizado por una política pública no pertenece al gobierno de turno.

Pertenece a los ciudadanos.

Los gobiernos administran recursos públicos.

Por eso, cuando un Estado anuncia que ha invertido decenas de miles de millones de dólares en una política habitacional, la sociedad tiene derecho a preguntar cómo fueron utilizados.

No se trata de una cuestión de oposición u oficialismo.

No se trata de defender o atacar a Chávez, Maduro o cualquier otro gobernante.

Se trata de una cuestión elemental de administración pública.

¿Cuánto dinero entró?

¿En qué se gastó?

¿Quién lo recibió?

¿Qué se construyó?

¿Dónde está?

¿Quién lo verificó?

Y, finalmente:

¿El resultado corresponde al dinero utilizado?

Las matemáticas no acusan. Preguntan.

Este análisis comenzó con una cifra oficial: 73.000 millones de dólares.

Continuó con otra: un millón de viviendas.

Después introdujo una estimación de costos.

A partir de allí aparecieron diferencias extraordinariamente grandes.

Pero ninguna operación aritmética, por sí misma, demuestra corrupción.

Lo que hace la matemática es algo más modesto y, al mismo tiempo, más poderoso:

obliga a formular preguntas.

Si el costo real de las viviendas era sustancialmente superior al precio internacional de referencia, el Estado debería poder explicar por qué.

Si incluía infraestructura, urbanismo, terrenos, servicios y otros componentes, debería poder mostrar cuánto correspondió a cada uno.

Si las cifras de viviendas construidas son correctas, debería existir un registro verificable que permita ubicarlas.

Si fueron entregadas a millones de familias, debería existir información suficiente para comprobarlo.

Y si las cifras oficiales contienen errores, entonces el Estado debería corregirlos.

Nada de esto requiere una acusación.

Requiere transparencia.

Una investigación que debe permanecer abierta

Es posible que algunos de los cálculos presentados aquí sean imperfectos.

De hecho, conviene asumirlo.

El propósito de este ejercicio no es presentarlo como una auditoría financiera definitiva ni como una investigación judicial.

Es un punto de partida.

Si alguien demuestra que el costo real por vivienda era mayor, que los 73.000 millones incluían componentes que no fueron considerados en este análisis o que existe una explicación documental para las diferencias, esa información debe incorporarse.

Si los cálculos contienen errores, deben corregirse.

Si las cifras oficiales son incorrectas, deben aclararse.

Y si son correctas, entonces deberían poder ser demostradas.

Ese es precisamente el principio que debería regir cualquier investigación sobre recursos públicos:

los datos deben poder ser revisados por otros.

Porque una sociedad democrática no necesita ciudadanos que crean ciegamente en el gobierno.

Tampoco necesita ciudadanos que crean ciegamente en la oposición.

Necesita ciudadanos capaces de preguntar.

Una vivienda es mucho más que cuatro paredes

Una vivienda no es simplemente cemento, acero, aluminio, vidrio y concreto.

Es seguridad.

Es patrimonio.

Es estabilidad.

Es el lugar donde una familia construye su futuro.

Por eso una política habitacional de la magnitud de la Gran Misión Vivienda Venezuela no puede evaluarse únicamente por el número de llaves entregadas frente a una cámara de televisión.

Debe evaluarse por la calidad de las viviendas.

Por su ubicación.

Por sus servicios.

Por la seguridad jurídica de sus propietarios.

Por su durabilidad.

Por su resistencia ante fenómenos naturales.

Por su costo.

Y por la transparencia con la que fueron construidas.

El terremoto de junio de 2026 recordó de la manera más dolorosa posible que las decisiones tomadas décadas atrás pueden tener consecuencias sobre personas que nada tuvieron que ver con ellas.

Un terremoto no pregunta por quién votó una persona.

Pero la seguridad de una edificación sí depende de decisiones humanas.

Depende de normas.

Depende de ingeniería.

Depende de materiales.

Depende de supervisión.

Depende de controles.

Y depende, inevitablemente, de cómo se administra el dinero destinado a construirla.

Por eso, cuando las cuentas de una política pública de semejante magnitud no pueden ser reconstruidas con facilidad a partir de información pública y verificable, la discusión no debería cerrarse con una consigna política.

Debería comenzar con una pregunta.

¿Dónde están los números?

Y después, otra:

¿Las cuentas realmente cuadran?

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Conclusión

Este análisis no pretende dictar una sentencia.

Las sentencias corresponden a los tribunales.

Tampoco pretende afirmar que un cálculo aproximado pueda demostrar por sí mismo la existencia de corrupción.

Lo que sí pretende es recordar algo elemental:

el dinero público pertenece a los ciudadanos.

Y cuando hablamos de decenas de miles de millones de dólares, la sociedad tiene no solamente el derecho, sino también el deber, de exigir respuestas claras, verificables y transparentes.

Quizá nunca sepamos con exactitud qué ocurrió con cada dólar invertido en la Gran Misión Vivienda Venezuela.

Pero sí podemos exigir que las cifras oficiales sean auditables.

Que los cálculos puedan ser reproducidos.

Que los contratos puedan ser conocidos.

Que las viviendas puedan ser ubicadas.

Que los beneficiarios puedan ser identificados.

Que la calidad de las construcciones pueda ser evaluada.

Y que, cuando existan errores, se reconozcan y se corrijan.

Porque el objetivo de una investigación como esta no debería ser demostrar que alguien tiene razón.

Debería ser acercarnos un poco más a la verdad.

Y quizás esa sea la principal lección de los números:

no siempre nos dan las respuestas que buscamos.

Pero cuando se utilizan correctamente, pueden obligarnos a formular las preguntas que durante demasiado tiempo dejamos de hacer.


Autor

  • Enemigo de los enemigos de las Libertades Individuales | República de Ciudadana