¿Estamos preparados en Venezuela para reconocer nuestros propios errores en pleno 2026? Una sociedad que no reconoce su error está condenada a repetirlo.
Venezuela no necesita solamente cambiar de gobernantes. Necesita recuperar la capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo, entre la responsabilidad y la impunidad, entre la lealtad y la complicidad. Y ese proceso comienza por cada uno de nosotros.
Hay una pregunta que deberíamos hacernos con más frecuencia: ¿confiaríamos nuestras cosas más valiosas a una persona que nunca reconoce sus errores, que jamás pide disculpas y que siempre encuentra a alguien más a quien culpar por las consecuencias de sus decisiones?
Pensemos en ello por un momento.

No importa si se trata de un familiar, una amistad, un compañero de trabajo o una figura pública. Tampoco importa cuánto poder tenga, cuántas personas lo sigan o cuán convincentes sean sus discursos. Si alguien es incapaz de reconocer que se ha equivocado, difícilmente podremos confiar plenamente en su criterio, en su palabra o en su capacidad para asumir responsabilidades.
Porque equivocarse es humano. Lo verdaderamente preocupante es convertir la equivocación en una costumbre y la negativa a reconocerla en una forma de vida.
Y cuando esa conducta deja de ser una excepción para convertirse en una norma social, el problema ya no pertenece únicamente a una persona. Se convierte en un problema colectivo.
El precio de acostumbrarnos a la impunidad
Durante décadas, los venezolanos hemos vivido bajo el peso de una cultura política que ha normalizado la irresponsabilidad, el abuso de poder y la ausencia de consecuencias. En los últimos casi treinta años, esa cultura ha encontrado en el régimen chavista una de sus expresiones más destructivas, con un enorme costo humano, económico e institucional para el país.

Pero sería demasiado cómodo pensar que el problema termina allí.
El deterioro de una sociedad no se explica únicamente por las acciones de quienes gobiernan. También debemos preguntarnos qué ocurre con los ciudadanos cuando se acostumbran a tolerar determinadas conductas, cuando justifican lo injustificable porque lo hace alguien de su agrado o cuando prefieren guardar silencio para no incomodar a su grupo.
Poco a poco, los límites se desdibujan. Lo que antes nos habría parecido inaceptable comienza a parecernos normal. Y aquello que debería indignarnos termina convirtiéndose en parte del paisaje.
Así se deteriora la confianza.
Y pocas cosas son tan difíciles de construir como la confianza, porque no basta con exigirla, proclamarla o prometerla. La confianza se gana mediante conductas consistentes, decisiones responsables y la disposición a responder por nuestros actos, especialmente cuando las cosas salen mal.
Destruirla, en cambio, puede tomar apenas unos minutos.
Lo terrible es que, cuando una sociedad pierde la confianza, no solamente desconfía de sus gobernantes. Termina desconfiando de sus instituciones, de sus vecinos, de sus empresarios, de sus dirigentes y, en ocasiones, hasta de sus propias posibilidades como nación.
Cuando dejamos de distinguir lo bueno de lo malo
Hay algo todavía más inquietante: cuando nos acostumbramos demasiado a lo malo, corremos el riesgo de perder la capacidad de reconocer lo bueno.
Y aquí conviene aclarar algo.

¿Resuelve realmente el problema? ¿Produce beneficios que puedan mantenerse a mediano y largo plazo? ¿Respeta los derechos de los demás? ¿Sus resultados justifican los costos que impone? ¿Qué consecuencias tendrá mañana aquello que hoy parece conveniente?
Estas preguntas son mucho más importantes que la simpatía que pueda inspirarnos quien toma la decisión.
Sin embargo, en Venezuela hemos llegado a un punto en el que, con demasiada frecuencia, parece importar más quién hace las cosas que las cosas que efectivamente hace.
Si lo hace alguien de nuestro bando, encontramos justificaciones. Si lo hace alguien del bando contrario, lo condenamos sin contemplaciones.
Así no se construye una sociedad libre. Se construye una sociedad de facciones, donde la verdad termina subordinada a la conveniencia y donde los principios se convierten en herramientas que utilizamos contra los demás, pero que rara vez aplicamos sobre nosotros mismos.
El día después también importa
Hay una manera relativamente sencilla de evaluar el carácter de una persona: observar su trayectoria, escuchar lo que ha dicho, examinar lo que ha hecho y prestar especial atención a su comportamiento cuando debe afrontar las consecuencias de sus decisiones.
No se trata de exigirle a nadie que sea perfecto. Se trata de distinguir entre quien comete un error y procura corregirlo, y quien convierte cada error en una nueva oportunidad para engañar, manipular o evadir su responsabilidad.

El día después de una decisión suele decirnos mucho más sobre una persona que el discurso pronunciado antes de tomarla.
¿Asume las consecuencias? ¿Reconoce el daño causado? ¿Pide disculpas cuando corresponde? ¿Rectifica? ¿Aprende de la experiencia o vuelve a cometer el mismo error mientras busca nuevas excusas?
Estas preguntas deberían formar parte de nuestro juicio cotidiano sobre quienes aspiran a dirigir nuestras familias, nuestras empresas, nuestras instituciones y nuestro país.
Porque el poder no transforma automáticamente a una persona en alguien responsable. Muchas veces, simplemente le proporciona más medios para demostrar quién es.
Y si algo debería habernos enseñado la tragedia venezolana es que no podemos seguir confundiendo el carisma con la capacidad, el discurso con los resultados ni las promesas con las garantías.
No basta con que alguien diga que quiere salvar al país. Tenemos derecho a examinar su trayectoria, sus decisiones, sus contradicciones y su disposición a rendir cuentas.
Ese derecho no es una muestra de hostilidad. Es una condición indispensable de la ciudadanía.
La intolerancia también enferma a la sociedad
Pero ¿qué ocurre cuando alguien se atreve a señalar nuestros errores?
En una sociedad saludable, la crítica debería servir para corregir, aprender y mejorar. En una sociedad deteriorada, en cambio, quien señala una equivocación puede terminar convertido en enemigo.

Lo hemos visto demasiadas veces: en lugar de discutir los argumentos, se ataca a quien los presenta. En lugar de responder a las preguntas, se intenta desacreditar al que pregunta. En lugar de examinar los hechos, se busca humillar, intimidar, aislar o silenciar a quien amenaza nuestras certezas.
Y lo hacemos, muchas veces, con la participación entusiasta de quienes comparten nuestras preferencias políticas o personales.
Es como si necesitáramos proteger desesperadamente una imagen que hemos construido en nuestra cabeza, incluso cuando la realidad comienza a demostrar que esa imagen no se corresponde con los hechos.
¿Por qué nos cuesta tanto admitir que alguien a quien admiramos puede equivocarse? ¿Por qué interpretamos una crítica como una traición? ¿Por qué preferimos atacar al mensajero antes que examinar el mensaje?
La respuesta no es sencilla, pero hay algo que debemos comprender: cuando nuestra identidad depende por completo de defender a una persona, una organización o una ideología, dejamos de evaluar con independencia. Ya no buscamos saber si algo es cierto; buscamos razones para seguir creyendo que tenemos razón.
Y entonces la democracia se convierte en una caricatura de sí misma.
Porque la democracia no consiste simplemente en votar, ni en imponer la voluntad de una mayoría sobre todo aquel que piense distinto. También exige reconocer derechos, respetar límites, aceptar la discrepancia y comprender que ninguna persona o corriente política tiene el monopolio de la verdad. En otras palabras, la democracia necesita estar supeditada al imperio de la Ley, que solo se consigue dentro de la República y sus instituciones, empezando por el ejercicio de la Ciudadanía.
Una sociedad democrática no necesita de pueblo: necesita ciudadanos capaces de escuchar argumentos incómodos sin convertir automáticamente a quien los plantea en un adversario al que hay que destruir.
Si solamente aceptamos la libertad de quienes piensan como nosotros, no estamos defendiendo la libertad. Estamos defendiendo un privilegio para los nuestros.
Venezuela: una crisis que también nos ha afectado por dentro
No podemos analizar la situación venezolana como si los últimos años hubieran afectado únicamente nuestros ingresos, nuestras instituciones o nuestras posibilidades de progreso.
La prolongada crisis política, económica y social también ha dejado huellas en nuestra manera de relacionarnos, de interpretar la realidad y de tomar decisiones.

La incertidumbre, la precariedad, la emigración de millones de personas, la separación de las familias, la pérdida de oportunidades y la exposición constante al conflicto han creado condiciones en las que el miedo, la frustración, el resentimiento y la necesidad inmediata pueden pesar demasiado sobre nuestro juicio.
No todos hemos vivido estas experiencias de la misma manera. Tampoco podemos atribuir todos nuestros problemas a una sola causa. Pero sería ingenuo negar que semejante deterioro ha tenido consecuencias sobre nuestra vida emocional y nuestra convivencia.
Una persona que vive permanentemente bajo presión puede terminar pensando más en cómo sobrevivir hoy que en cómo construir un futuro mejor. Una familia sometida a la incertidumbre puede perder la paciencia, la serenidad y la capacidad de resolver sus diferencias. Una sociedad agotada puede volverse más vulnerable a los discursos que prometen soluciones inmediatas, enemigos fáciles de identificar y salvadores dispuestos a resolverlo todo.
Para una mejor comprensión de cómo la crisis en un país afecta mentalmente a sus ciudadanos, vea el artículo “Los efectos psicológicos de la crisis económica y social” de Amparo Calandín, disponible EN EL SIGUIENTE VÍNCULO.
Es precisamente en esas condiciones donde la manipulación emocional encuentra terreno fértil.
Se nos ofrece una promesa, se despierta una esperanza, se alimenta un resentimiento o se señala a un culpable. Y, cuando menos lo advertimos, nuestras decisiones comienzan a depender más de lo que sentimos en un momento determinado que de lo que podemos comprobar, razonar y anticipar.
Nos manejan por el estómago y por las vísceras: apelando al miedo, al hambre, a la rabia, a la frustración y a la necesidad de creer que alguien vendrá a resolver nuestros problemas.
Y no hablo solamente de quienes ejercen el poder. Hablo también de quienes buscan conquistarlo y de cualquiera que pretenda aprovechar nuestras vulnerabilidades para obtener obediencia.
Una ciudadanía emocionalmente agotada es más fácil de manipular. Una ciudadanía que renuncia a pensar por sí misma termina entregando a otros la responsabilidad de decidir su destino.
Por eso, recuperar Venezuela exige mucho más que sustituir a unos dirigentes por otros. Exige recuperar nuestra capacidad de juicio.
La reconstrucción nacional comienza por el individuo
Si queremos sanar como sociedad, tenemos que comenzar por nosotros mismos.
Después, por nuestras familias. Por la manera en que educamos a nuestros hijos, resolvemos los conflictos, tratamos a quienes discrepan y asumimos las consecuencias de nuestros actos.
Y, desde allí, extender esa transformación hacia nuestros espacios de trabajo, nuestras comunidades, nuestras organizaciones y nuestras instituciones.

Esto no significa que debamos esperar a que todos los ciudadanos sean mejores personas antes de cambiar las estructuras políticas. Las instituciones importan, las leyes importan y los mecanismos de control del poder son indispensables. Una sociedad no puede depender de la virtud personal de sus gobernantes: necesita reglas que limiten sus facultades y les exijan rendir cuentas.
Pero tampoco podemos pretender que las instituciones funcionen correctamente si quienes deben defenderlas siguen justificando los abusos cuando los cometen sus aliados.
Necesitamos ambas cosas: instituciones capaces de impedir y sancionar los abusos, y ciudadanos dispuestos a no celebrarlos, justificarlos ni tolerarlos.
Necesitamos aprender a disentir sin odiar, a criticar sin destruir y a reconocer nuestros errores sin sentir que estamos perdiendo dignidad.
Porque pedir disculpas no nos hace débiles. Rectificar no nos convierte en fracasados. Reconocer que estábamos equivocados no disminuye nuestra inteligencia.
Por el contrario, demuestra que somos capaces de colocar la verdad por encima de nuestro orgullo.
Y esa capacidad, tan sencilla en apariencia, puede marcar la diferencia entre una sociedad que aprende de sus errores y otra que los reproduce indefinidamente.
Nadie está completamente al margen de la responsabilidad
Llegados a este punto, hay una conclusión que puede resultar incómoda, pero como ciudadano yo considero necesaria.
Ninguno de nosotros está completamente exento de responsabilidad en la situación a la que hemos llegado.
Eso no significa que todos seamos igualmente responsables, ni que debamos confundir a quienes han ejercido el poder y cometido abusos con quienes han sufrido sus consecuencias. Las responsabilidades políticas, administrativas, morales y, cuando corresponda penales, deben establecerse de acuerdo con los hechos y con la participación de cada quien.
Pero reconocer esas diferencias no nos obliga a ignorar nuestra propia cuota de responsabilidad ciudadana.

Tal vez alguna vez callamos cuando debimos hablar. Quizá justificamos una conducta porque favorecía a alguien de nuestro agrado. Puede que depositáramos demasiadas esperanzas en una persona sin examinar suficientemente su trayectoria. O que confundimos la lealtad con la obligación de defenderla incluso cuando estaba equivocada.
Tal vez también contribuimos, de alguna manera, a esa cultura en la que reconocer un error parece una derrota y pedir disculpas se interpreta como una señal de debilidad.
No lo digo para repartir culpas indiscriminadamente ni para aliviar la responsabilidad de quienes han causado un daño concreto. Lo digo porque ninguna reconstrucción nacional será completa si somos incapaces de examinarnos a nosotros mismos.
Es más fácil señalar al culpable que revisar nuestras propias decisiones. Es más cómodo exigir rectificaciones ajenas que reconocer las nuestras.
Pero si queremos un país distinto, no podemos seguir esperando que todo cambie mientras nosotros permanecemos exactamente iguales.
El país que dejaremos a quienes vienen detrás
Venezuela necesita recuperar sus instituciones, reconstruir su economía, restablecer el Estado de derecho y crear las condiciones para que sus ciudadanos puedan vivir con libertad, seguridad y dignidad.
Pero también necesita recuperar algo menos visible y no por ello menos importante: la confianza en la palabra, el valor de la responsabilidad y la disposición a reconocer los errores.
Necesitamos dejar de admirar a quienes parecen invulnerables e intocables y comenzar a valorar a quienes tienen la honestidad de reconocer sus límites.
Necesitamos dejar de premiar a quienes prometen resolverlo todo y empezar a exigir resultados, explicaciones y rendición de cuentas.

Necesitamos entender que una persona no es buena porque pertenezca a nuestro grupo, ni mala porque piense distinto. Que una idea no se vuelve verdadera por repetirse miles de veces. Y que ninguna causa, por noble que parezca, justifica abandonar los principios que supuestamente la sostienen.
Sobre todo, necesitamos recuperar la capacidad de pensar con independencia, incluso cuando hacerlo nos obligue a cuestionar aquello en lo que hemos creído durante años.
No será un proceso rápido. Tampoco será sencillo. Pero no hay reconstrucción duradera sin una revisión honesta de los errores que nos trajeron hasta aquí.
Quisiera que, algún día, las generaciones futuras pudieran mirar hacia este período de nuestra historia y decir que, a pesar de nuestras equivocaciones, tuvimos la voluntad de corregir el rumbo.
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Que no nos limitamos a buscar nuevos dirigentes, sino que también nos esforzamos por ser mejores ciudadanos.
Que aprendimos a reconocer los abusos incluso cuando beneficiaban a los nuestros. Que dejamos de confundir el orgullo con la dignidad y la obediencia con la lealtad. Que comprendimos, finalmente, que la libertad exige responsabilidad y que la convivencia necesita límites morales que nadie debería estar autorizado a ignorar.
Porque, al final, la pregunta no es solamente qué hicieron quienes nos gobernaron, ni quiénes fueron los responsables de destruir tantas oportunidades.
La pregunta es qué estamos dispuestos a hacer nosotros para que semejante historia no vuelva a repetirse.
Venezuela no se reconstruirá únicamente cuando cambien quienes ejercen el poder. Comenzará a reconstruirse de verdad cuando aprendamos a exigirles a los demás la misma responsabilidad que estamos dispuestos a exigirnos a nosotros mismos.
Y ese trabajo, por incómodo que resulte, no puede delegarse.

