Venezuela: la crisis de una sociedad que se niega a asumir responsabilidades.
Una sociedad incapaz de conectar los hechos con las consecuencias que estos tienen sobre su propia vida, una sociedad que evade sistemáticamente sus responsabilidades y que siempre encuentra una excusa para justificar sus err.ores y que convierte en chiste aquello que debería obligarla a una profunda reflexión, difícilmente podía arribar a un desenlace distinto al que hoy tenemos tras los acontecimientos del 3 de enero.
Durante casi tres décadas Venezuela ha transitado una tragedia política, institucional y moral de proporciones históricas. Sin embargo, buena parte de sus actores políticos y sociales continúan abordándola con la misma superficialidad, el mismo cortoplacismo y la misma irresponsabilidad que contribuyeron a crearla.

Hoy reaparecen los mismos personajes de siempre envueltos en una falsa dignidad y presentándose como salvadores. Son los mismos que durante años han perseguido cargos públicos no para servir al país sino para participar en el reparto de cuotas de poder, favores, privilegios y prebendas. Prometen lo que saben que no podrán cumplir y diseñan estrategias cuya verdadera finalidad no es resolver los problemas nacionales, sino prolongar indefinidamente la improvisación.
Seis meses más, un año más, seis años más: Una Sociedad en el limbo.
Siempre bajo la misma lógica: mantener la ficción mientras sea posible y postergar cualquier discusión seria sobre responsabilidades, consecuencias y soluciones reales. Y cuando la burbuja inevitablemente vuelva a estallar, repetir la misma frase de siempre: “después veremos qué hacemos”.
Pero ese “hacemos” rara vez los incluye a ellos cuando llega la hora de recoger los escombros.

La factura siempre termina pagándola el ciudadano común. La pagan quienes producen, quienes trabajan, quienes emigraron, quienes perdieron oportunidades y quienes desde hace años comprendieron que el problema venezolano no puede resolverse mediante consignas, cultos a la personalidad o promesas recicladas.
Paradójicamente también la pagan quienes son descalificados alegremente como “chavistas” por atreverse a señalar hechos evidentes. Los mismos que reciben ese calificativo suelen ser quienes recuerdan que muchos de los responsables de la tragedia nacional siguen ocupando espacios de poder o siendo tratados como aliados circunstanciales. Mientras tanto, sectores enteros aplauden con entusiasmo a dirigentes que levantan la mano de antiguos altos funcionarios chavistas, protagonistas directos del modelo que condujo al país a su peor crisis contemporánea y a su actual fracaso.
Y entonces aparece, una vez más, la pregunta ritual que durante años ha servido para evitar cualquier examen de conciencia:
“¿Y qué propones tú?”
La popularizó en su momento Henry Ramos Allup y desde entonces ha sido repetida hasta el cansancio como si constituyera un argumento.
Sin embargo, quienes la formulan rara vez advierten la contradicción que encierra. Porque al exigir respuestas alternativas después de casi veinte años de estrategias fallidas propias, terminan reconociendo implícitamente que aquello que defendieron durante todo ese tiempo no produjo los resultados prometidos.
La evidencia es imposible de ignorar.
Y precisamente ahí radica la molestia.
No porque existan argumentos sólidos para refutar los hechos, sino porque resulta incómodo que alguien señale aquello que muchos prefieren no discutir. Resulta incómodo hablar de responsabilidades individuales. Resulta incómodo cuestionar a figuras consideradas intocables. Resulta incómodo admitir que el fracaso venezolano no puede atribuirse exclusivamente a un solo grupo cuando tantos actores dentro y fuera de la esfera política contribuyeron por acción u omisión a sostener el desastre.
Tal vez el mayor temor de muchos sectores políticos no sea la continuidad del problema, sino la posibilidad de que algún día surja una autoridad verdaderamente independiente de las estructuras que han dominado el país durante décadas. Una autoridad capaz de exigir resultados, establecer responsabilidades y aplicar justicia sin distinciones partidistas.
Porque después de casi treinta años de destrucción institucional, corrupción, impunidad y deterioro social que han afectado a varias generaciones de venezolanos, la discusión ya no debería centrarse únicamente en el cambio político.
También debería centrarse en la justicia.
En que cada responsable responda por sus actos.
En que exista un precedente suficientemente claro para que nunca más se considere aceptable jugar con el destino de una nación sin afrontar consecuencias.
Y cuando llegue ese momento, muchos de los que hoy simulan ser oposición probablemente no dudarán en calificar de “dictador” a quien pretenda imponer responsabilidades reales.
La historia reciente demuestra que para ciertos sectores el problema nunca ha sido el abuso de poder, ni tampoco el sistema socialista / colectivista. El problema ha sido quién lo ejerce.
La realidad es incómoda, pero sigue siendo realidad.
Los pueblos, igual que los individuos, terminan cosechando las consecuencias de aquello que toleran, justifican o celebran durante demasiado tiempo.
Y Venezuela lleva demasiados años pagando el precio de esa indiferencia.

